Mi vecino Miyazaki... o el viaje de Ghibli
Y es que así se podría haber titulado este libro, “El viaje de Ghibli”, reutilizando el título de una de las películas emblemáticas del estudio cinematográfico, El viaje de Chihiro, porque más que un libro sobre la obra de Miyazaki es una guía sobre la producción de películas de Studio Ghibli.
El libro y su legado una década después
Lo más destacable de este libro es que sus autores son dos jóvenes blogueros, de Madrid y Málaga, responsables de la comunidad Generación Ghibli, presentes en Blogspot, Facebook y Twitter. Y lo segundo que es una guía que incluye toda la obra creada hasta el momento por el septeto de directores que han trabajado para la firma, al contrario que la Antología del Studio Ghibli I y II, que no llegaba a las últimas tres películas de aquel entonces.
Ahora bien, Ghibli no hubiera sido Ghibli sin Hayao Miyazaki porque han sido sus obras maestras las que han creado un estilo único que no pasa desapercibido y que atrapa a todo aquel y aquella que se acerca a sus historias, por ello daremos un voto de confianza al título. Tanto Álvaro López como Marta García aciertan en su visión crítica, apuntando las fortalezas pero también las debilidades de cada cinta, de manera documentada y amena; así que si me lo permiten enfocaré la reseña del libro de la misma manera, intentando olvidar mi pasión ghibliana.
Si algo sobra en las páginas escritas, aunque ciertamente aporta una visión de comunidad, son las opiniones de otros lectores aficionados, ya que en su mayoría no aportan nada más allá de una visión totalmente subjetiva de las películas. Se suma pluralidad pero se resta espacio a una mayor documentación sobre el estudio cinematográfico. En general es algo que echamos en falta, más información de Hayao, sobre su vida y anécdotas, ya que el título parece querer centrarse en él, aunque su construcción, como ya dije, versa sobre las películas de la productora. Tampoco coincido con algunas opiniones críticas de Álvaro o Marta, especialmente en las películas que no son dirigidas por el Maestro Miyazaki o su inseparable compañero de armas, Isao Takahata, especialmente ácidos con Gorô, hijo del Maestro y director de Cuentos de Terramar y La colina de las amapolas. Curioso resulta que no haya absolutamente ninguna referencia a Aurum, ahora eOne Films, la distribuidora en España de los títulos de Ghibli, que hace con ellos lo que mejor le conviene a su negocio, catalogando o descatalogando sin mayor criterio que el económico (lo que desde el punto de vista empresarial es totalmente entendible y justificable).
Dicho todo lo cual y usando el mismo estilo de los autores, he de decir que me leí el libro en dos sentadas y que resulta un imprescindible en la biblioteca de cualquier aficionado como libro de consulta, porque de las películas sí que aporta detalles, anécdotas y datos sumamente interesantes que harán que vuelvas a ver cada título con otros ojos.
Nuestra historia, una década después
Si quisiera aportar algo mínimamente interesante a lo ya escrito sobre directores, obras y estudio sólo tendría nuestra propia historia personal sobre mi relación con las películas. Soy de esos que se dejan embaucar fácilmente por las historias, especialmente cuando cotidianidad y magia se entremezclan en una normalidad aparente que, reconozcámoslo, sólo pueden darse en viejas culturas ahora convertidas en leyendas. Desde Japón hasta Britania, desde Perú hasta Noruega, son aquellos hombres y mujeres que vivían entre lo efímero y lo mundano de la vida y la muerte y lo mágico y lo transcendental de sus creencias y sus dioses, los que nos pueden aportar esas historias.
Hasta que llegó Miyazaki. Y Nausicaä. Corría la segunda mitad de la década de los ochenta del pasado siglo XX, apenas con unos cuantos años más de los que tiene hoy Neko-li, cuando vi por primera vez lo que luego se descubriría como un atentado a la primera gran obra maestra de Hayao. Recortada en casi media hora de metraje y mal traducida, aún así, me cautivó hasta el punto de pasar años buscándola y preguntándome por aquella película que un día me transportó a una época imaginada. Pero no había Internet en aquellos años. No como hoy, al menos.
Casi una década después descubrimos a otra gran heroína, llena de luces y sombras, Mononoke, la primera que los estudios permitieron exhibir en el mercado internacional tras superar el golpe del atentado creativo realizado con su primera obra. En esos diez años habían nacido otros nueve grandes títulos que para el resto del mundo eran absolutamente desconocidos. Mononoke pasó por nuestro VHS una y otra vez. La pequeña Neko-li la veía casi todos los días. Incluso dos veces seguidas. Algo casi obsesivo. Uno se preguntaba si una película así no sería demasiado violenta para una pequeñaja de 5 años, pero es que el padre andaba igual de enganchado. Ese fue el momento de descubrir Ghibli. Aurum haría el resto. Sólo un par de años después llegó Chihiro, otra cinta VHS que acabamos gastando. A partir de ahí fue un descubrimiento tras otro, hacia delante en el tiempo con cada estreno y hacia atrás con cada nuevo lanzamiento en DVD, hasta el último, La tumba de las luciérnagas, que ya había visionado subtitulada y pirata, una obra demoledora de 1988.
Ahora tenemos una pequeña colección con casi todas las películas, a espera de que eOne Films decida reeditar algunas de las obras realizadas o lance las nuevas y últimas producciones. A decir verdad en casa nunca nos preocupamos por quien era el director de cada historia. De hecho fuimos conscientes antes de Ghibli como firma y garantía de un estilo de narrar historias que de sus directores y ni mucho menos del gran Miyazaki. Cuentos de Terramar es una película que nos encanta, pese a lo dicho en el libro. Nicky la aprendiz de bruja, El castillo en el cielo (que en la primera versión que tuvimos aún se llamaba Lapuntu), El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke o El castillo ambulante son de esos cuentos que te transportan. Ahora que lo pienso, todas ellas firmadas por (ya quisieramos) mi vecino Miyazaki.
Ghibli en 2025: Un legado que trasciende la animación
Han pasado diez años desde aquella reseña, y el universo Ghibli no solo ha sobrevivido, sino que se ha expandido y consolidado como un pilar cultural global. En 2023, la película *El niño y la garza* (*Kimitachi wa Dō Ikiru ka*) de Hayao Miyazaki no solo arrasó en taquilla, superando los 150 millones de dólares a nivel internacional, sino que también ganó el Oscar a la Mejor Película de Animación en 2024. Este reconocimiento, una década después de que *El viento se levanta* fuera nominado, demostró que la magia del estudio sigue viva y resonando con nuevas generaciones.
El estudio, tras un periodo de incertidumbre sobre su futuro tras los retiros (siempre temporales) de Miyazaki, ha encontrado nuevos caminos. El Parque Temático Ghibli, que abrió sus puertas en 2022 en Nagoya, Japón, se ha convertido en un destino de peregrinación para fans de todo el mundo, recibiendo más de un millón de visitantes en su primer año. No es un parque de atracciones al uso, sino una inmersión en los paisajes y atmósferas de las películas, una idea que refleja la filosofía del estudio: la experiencia por encima del espectáculo.
La distribución también ha evolucionado. Los acuerdos globales con plataformas de streaming, como el que Netflix estableció en 2020 para gran parte del catálogo fuera de EE.UU. y Japón, han democratizado el acceso. Ahora, un niño en cualquier parte del mundo puede descubrir a Totoro con un clic, algo impensable cuando yo buscaba desesperadamente una copia de *Nausicaä* en VHS. Este acceso ha generado un nuevo boom. Un estudio de 2023 de la Universidad de Tokio sobre el impacto cultural de Ghibli señaló que más del 60% de los jóvenes encuestados en Europa y América identificaban a Studio Ghibli como la puerta de entrada a su interés por la cultura japonesa.
"El trabajo de Studio Ghibli, particularmente el de Miyazaki, ha enseñado a audiencias globales que la animación no es un género para niños, sino un medio para contar historias profundamente humanas sobre ecología, guerra, duelo y resiliencia. Su influencia es incalculable en la animación contemporánea."
- Dr. Rayna Denison, Profesora de Estudios de Cine y Animación, Universidad de East Anglia
La música y la textura emocional
Y luego está la música... pero eso es otra historia. Aunque todas y cada una de las películas no se entenderían sin “esa” música. La colaboración entre Hayao Miyazaki y el compositor Joe Hisaishi es una de las simbiosis creativas más fructíferas de la historia del cine. La banda sonora de *El viaje de Chihiro* sigue siendo una de las más vendidas en formato físico en Japón veinte años después de su lanzamiento. En 2021, Hisaishi realizó una gira mundial, *Studio Ghibli Fest*, donde orquestas sinfónicas interpretaban sus piezas ante auditorios llenos de familias y jóvenes, un testimonio del poder emocional trascedente de esas melodías. La música no solo acompaña las imágenes; las define, les da su respiración emocional.
"Trabajar con Miyazaki-san es un proceso de empatía pura. No se trata de componer para una escena, sino de sentir el latido del mundo que él ha dibujado y traducirlo en sonido. La música en Ghibli es otro personaje, un narrador invisible."
- Joe Hisaishi, Compositor principal de Studio Ghibli
Mirando al futuro, con una lección de por medio
Hoy, Neko-li ya no es una niña pequeña. Pero cuando visitamos juntos el Museo Ghibli en Mitaka hace un par de años, vi la misma chispa de asombro en sus ojos al ver los *bozzetti* y los dioramas. Esa es la magia perdurable: la capacidad de conectar con el niño interior sin importar la edad. El estudio ha anunciado que, tras *El niño y la garza*, Miyazaki está trabajando en una nueva idea, desmintiendo una vez más su retiro. Mientras, jóvenes directores como Hiromasa Yonebayashi (*Arrietty y el mundo de los diminutos*) o el propio Gorō Miyazaki, cuya serie *Ronja, la hija del bandolero* fue bien recibida, van tomando el testigo con cuidado y respeto.
Un último detalle, porque creemos que Álvaro y Marta quizás se equivocan en eso. No puedes juzgar el cómo se muestran las emociones en un país y una cultura como la japonesa con los criterios occidentales. Donde a nosotros nos puede resultar insuficiente las muestras de amor, pasión o cariño, al otro extremo del mundo le será más que suficiente. Y es que a veces, las mejores cosas, sólo necesitan ser intuidas. Esta lección, aprendida de las películas de Ghibli, se aplica también a su legado. Su influencia no siempre es ruidosa; a menudo es silenciosa, como la semilla de un árbol gigante que crece en el jardín de la cultura global.
"En una era de animación digital hiperrápida y a menudo cínica, Ghibli se mantiene como un bastión del arte manual, la paciencia narrativa y la fe en la bondad humana. Su éxito continuo prueba que hay un hambre global por historias que traten al público, joven o adulto, con inteligencia y corazón."
- Toshio Suzuki, Productor y co-fundador de Studio Ghibli
Al final, ese libro, *El viaje de Ghibli*, fue el mapa de un territorio que mi familia y yo ya estábamos explorando. Una década después, el territorio se ha ampliado, se ha llenado de nuevos visitantes, pero la esencia del viaje sigue siendo la misma: un viaje hacia la maravilla, hacia la melancolía, hacia la esperanza. Un viaje, en definitiva, hacia lo humano. Y eso, en 2025, es más necesario que nunca.


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