Torrot “Cross” MX: el vicio de las 2 ruedas
Si tienes cuarenta-y-pico, o incluso cincuenta-y-pico, es probable que la bicicleta sea mucho más que un medio de transporte. Para muchos de nosotros, es una máquina del tiempo. Evoca una época de nuestra vida que abarca una edad incierta entre la pérdida de la infancia y la llegada de la adolescencia, asociada a la libertad, el verano y las primeras aventuras en solitario. Las bicicletas "cross" o "todo terreno" de finales de los setenta y ochenta, consideradas por algunos las precursoras de las actuales mountain bike, nos dieron horas de diversión. Las más sofisticadas y caras, como las Torrot, incorporaban adelantos como cambios de marchas de tambor. Las más sencillas, sin mayores complicaciones, como la Orbea Furia (¡esa era la mía!), pero todas con ese aire choperizado que tanto nos gustaba y que hoy miramos con una mezcla de nostalgia y aprecio por su diseño atemporal.
La bicicleta clásica: un puente entre generaciones
Esta Torrot “Cross” MX que tengo el placer de custodiar incorpora algunos “adelantos” de su época, como el freno de tambor o la suspensión trasera y delantera por muelles (ambas funcionales, algo no siempre común) y se viene a sumar a mi pequeña colección de bicicletas clásicas. Rueda a la perfección tras una meticulosa puesta a punto. Todas sus partes son originales excepto los neumáticos, obviamente, y las cubiertas (o gomas, como las llamábamos) que estaban totalmente deterioradas por el tiempo. La maneta delantera izquierda está partida, le falta esa peculiar terminación en forma de bola, un detalle que habla de su uso y vida. Además, incorporaba un espejo retrovisor, una dinamo y una lámpara delantera que se perdieron en el camino, antes de que llegara a mis manos. Restaurarla no se trata solo de devolverle el brillo, sino de rescatar un pedacito de historia industrial y personal.
La marca: renacer desde las cenizas
La historia de Torrot es un microcosmos de la industria española. Como le pasara a muchas empresas del tejido industrial, Torrot sufrió la reconversión económica de los ochenta, cerrando sus puertas en la primera mitad de esa década. No se me confunda el lector, no es un juicio sobre las políticas económicas, sino la constatación de que una de las víctimas fue un ecosistema industrial local, nacido a la sombra de un contexto diferente, que dejó tras sí experiencias, marcas y un savoir-faire que parecía condenado al olvido.
La empresa nació en Vitoria, un auténtico cluster ciclista de la época, de manos de D. Luis Iriondo, cuna de otras dos grandes, BH y Orbea. Vitoria era a la bicicleta lo que Ibi fue al juguete, un eje que aglutinaba a un sector, con sus artesanos y trabajadores cualificados por la experiencia. Esa historia, sin embargo, no terminó ahí. En un giro fascinante, la marca renació décadas después como Torrot Electric, reconvirtiéndose en un referente en movilidad urbana eficiente y vehículos eléctricos, demostrando una resiliencia admirable. Este renacimiento conecta directamente con el presente: el auge de la micromovilidad y la bicicleta eléctrica. Según el último Barómetro de la Bicicleta en España (2023), el 8.5% de los ciclistas urbanos ya utilizan bicicleta eléctrica, un porcentaje que no para de crecer, y el 52% de los españoles usa la bicicleta con alguna frecuencia.
El coleccionismo ciclista: nostalgia con cadena y radios
Hay un fenómeno social silencioso pero palpable: el coleccionismo de aquellos objetos que hacia finales de los setenta y durante buena parte de los ochenta nos acompañaron en la infancia y primera adolescencia. Los que entonces éramos niños hoy somos adultos con capacidad (y a veces necesidad) de reconectar con esa sensación de libertad. Las bicicletas clásicas de esas dos décadas han entrado de lleno en el curioso mundo del coleccionismo ciclista. Aún no son objetos generalmente cotizados en el sentido financiero alto, lo que las hace accesibles. El valor reside en otro lugar.
Como bien señala el experto en movilidad y divulgador Iván Villarrubia, Director de la consultora CicloLab: "La bicicleta vintage no es solo un objeto de deseo estético; es un testimonio material de la evolución técnica y social del ciclismo urbano. Su recuperación habla de un anhelo por diseños honestos y por una conexión tangible con el producto, algo que en la era digital se valora cada vez más".
Este resurgir no es un capricho aislado. Se enmarca en una tendencia global de revalorización del diseño industrial del siglo XX y de búsqueda de sostenibilidad a través de la reutilización. Restaurar y mantener en circulación una bicicleta de 40 años es, en sí mismo, un acto de economía circular de manual.
Restauración vs. Conservación: una reflexión personal
Uno de los debates más interesantes dentro del coleccionismo es el que enfrenta, sutilmente, la restauración integral con la conservación del estado original. ¿Debo repintar mi Torrot para que brille como el primer día? ¿O debo simplemente estabilizarla, engrasarla y preservar cada arañazo, cada desconchado de la pintura, como la pátina del tiempo que es? Personalmente, me inclino por esta segunda opción, salvo que el deterioro sea estructural. Esos signos de uso son su biografía. Cada desconchado cuenta una historia, una caída, un roce contra una valla, un viaje. Eliminarlos sería como borrar sus recuerdos. Mi objetivo con esta "Cross" MX es conseguir las piezas que le faltan (espejo, dinamo y lámpara delantera) de la época, y rehacer la marca “MX” en la placa de la horquilla, pero manteniendo su carrocería con el alma intacta.
Este proceso de búsqueda de recambios es una aventura en sí misma. Te conecta con una red de otros coleccionistas, con foros especializados, con desguaces olvidados. Es una caza del tesoro donde el mapa lo dibuja la memoria colectiva. La satisfacción no está solo en el resultado, sino en la búsqueda, en aprender sobre técnicas y materiales obsoletos, en apreciar la ingeniería simple pero efectiva de una época.
La bicicleta como nexo: del pasado al futuro urbano
Mirar esta Torrot de los 70 y pensar en la Torrot eléctrica de hoy produce una sensación poderosa de continuidad. La esencia es la misma: movilidad personal, independencia, eficiencia. Los medios han evolucionado. La pasión por las dos ruedas, no. Hoy, las ciudades se rediseñan para priorizar al peatón y al ciclista. Según el informe Cities in Motion 2024 del IESE, las urbes que más avanzan en sostenibilidad son aquellas que integran políticas robustas de movilidad blanda. La bicicleta, en todas sus formas, es central en este cambio.
Tener y mantener una bicicleta clásica es, en este contexto, un acto profundamente moderno. Es un rechazo a la cultura de lo desechable, una celebración del diseño duradero y una reivindicación de un ritmo de vida más lento y consciente. Como afirma Laura Vergara, periodista especializada en ciclismo urbano y autora de 'Ciudad Ciclista': "Cada bicicleta clásica que se recupera y se pone de nuevo en la calle es un pequeño manifiesto. Demuestra que la longevidad y el placer de usar un objeto bien hecho pueden ser la mejor respuesta a la sobreproducción y el consumo acelerado".
Al final, más allá de la mecánica, la historia o el coleccionismo, estas máquinas nos recuerdan algo esencial. La sensación de pedalear, el viento en la cara, la autonomía de propulsarte a ti mismo… eso no tiene fecha de caducidad. Ya sea sobre el cuadro de acero de una Torrot de 1978 o sobre el carbono de una bici de 2025, la libertad sobre dos ruedas sigue siendo, y espero que siempre sea, la misma. Mi Torrot "Cross" MX no es solo un trofeo del pasado; es una rueda de repuesto para el alma, siempre lista para recordarme que la próxima aventura, grande o pequeña, puede empezar con un simple giro de pedales. Y en un mundo hiperconectado y a menudo estresante, esa es una lección que vale la pena conservar, restaurar y transmitir.

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