El Clan del Peldaño, de rebeldes a boomers

Poco antes de entrar la década de los 90s yo formaba parte del Clan del Peldaño. Un nutrido grupo informal de jóvenes adolescentes y veinteañeros que no querían dar el salto a la edad adulta que nos juntábamos, como decía Juanjo, porque éramos los marginados, no literalmente, sino social y emocionalmente.

Y esto quizás hay que explicarlo bien. Éramos los que oíamos punk o metal, pero también nos interesábamos por el folclore popular o por las reinvindicaciones independentistas o por el anarquismo o el comunismo o vete tú a saber qué otra derivación que tuviera cualquier matiz o carácter antisocial y rebelde en aquel final de década de los 80s.

De ahí salieron los 4 locos que creamos Vínculo Canario, un periodicucho estudiantil que imprimíamos en el Instituto después de muchas broncas con el subdirector de turno porque no quería gastar papel en eso que hacíamos y donde insultábamos por activa y por pasiva a todo tipo de representación de autoridad. ¡Y todo eso sin necesidad de tener que visitar ninguna clínica dental en La Laguna para tener que arreglarlos ningún diente roto por el desafío!

Más luego estaban todas las noches arreglando el mundo detrás de una cerveza y otra y otra y otra más, en el Cuadrilátero lagunero o en cualquier otro garito donde nos dejaran estar. Bueno, estar. Realmente pedir cervezas para luego beberlas en la puerta, en el chaplón o en la acera.

Porque de ahí venía lo del Clan del Peldaño. No tanto por esos bares que vigilábamos de madrugada si es que nos sosteníamos en pie al pedir otra cerveza más mientras arreglábamos el mundo con nuestras infantiles utopías. Sino porque ese hábito lo traíamos incorporado desde ese centro de Formación Profesional que ha cocinado a la mayoría de programadores, informáticos, fotógrafos y cámaras, administrativos y no sé qué más de la provincia.

El hoy tan pomposo César Manrique, en honor a aquel que convirtiera Lanzarote en un macro parque temático y gracias a lo cual Lanzarote se pudo conservar bonita... como parque temático e inestimable fuente de ingresos para su Cabildo, así como de mangoneo y egipcios.

(Egipcio, me enteré hace poco, es cuando el técnico funcionario de turno estira la mano hacia delante o hacia atrás para recibir un favor a cambio de una bendición en forma de contratito, informe favorable o cualquier otra cosa que tenga valor y que dependa de él o de ella. Por cierto, no es algo exclusivo de un sitio. Es un mal endémico de este país de países tan nuestro. Pero volviendo al tema...)

La cuestión es que se acabaron los estudios, al menos los míos, y cada quien hizo de la vida su sayo. Bodas, divorcios, amoríos, despidos, contratos, emprendimientos, 300 euros en la cartera porque uno lo vale, deudas en el banco. Ya sabes. La vida tejida a nuestro alrededor.

Hay quien permaneció alrededor de ese Peldaño toda la vida. Los menos. Y hay quien nos distanciamos, a causa del sayo que no de otra cosa. Los más.

Pero el cariño y el aprecio cultivado del salsicha hacia aquel Clan sigue tan intacto como hace 35 ó 38 años, que ya ni sé contar. Porque de ellos aprendí y desaprendí. En ellos encontré la rebeldía que me merecía expresar y el hogar de rebeldes que quería tener.

Hasta que empiezan a llegar las noticias. Esas noticias que no quieres oír porque son noticias que no deseas leer. Ni escuchar. Ni tan siquiera intuir.

Teto desaparece. Una enfermedad rápida se lo lleva en 8 meses. Tú (yo) te enteras semanas después del desenlace.

Empiezan a desaparecer los recuerdos. Empezamos a desaparecer.

El Clan empieza a ser más olvido que recuerdo.

Y eso no es algo que me guste.

¡A quién podría gustarle!


El Clan del Peldaño
Mi yo en la etapa del Clan del Peldaño.


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